¡Pancho Villa!

¡Pancho Villa!
No sé a quién se le ocurriría ponerle Pancho Villa, pero es obvio deducir por qué: tarde o temprano te tocaba ser fusilado. Como tantas veces narran que el general mando a tantos al paredón.

“Y con miles de anécdotas así se erigió la leyenda ecuestre, el mito y vendaval que es Villa, habitante implacable de los corridos.”

Cuando era niño jugaba con mis cuates a “Pancho Villa”.

Hacíamos un círculo grande en medio de un terrenazo baldío, parejo, y al que le tocaba el turno, salía del círculo, siempre por la derecha, y eligiendo al que él quisiera, le tocaba la espalda al tiempo que gritaba “¡Pancho Villa!” y los dos, tocador y tocado, salían corriendo a todo lo que daban siguiendo una ruta previamente acordada, ida y vuelta, hasta retornar al círculo.

Al que perdía se le fusilaba sin contemplaciones.

En ese entonces abundaban en esos llanos de la infancia guerrillera y exploradora unas espigas verdes llenas de bolitas espinudas. Al lanzarlas con fuerza quedaban pegadas a la playera, y al pellejo.

El que iba a ser fusilado se le ponía de espalda, como a los traidores, y el resto éramos el pelotón. A la voz de fuego del sargento le arrojábamos en pleno lomo la descarga y el efecto nunca se hacía esperar. El ajusticiado terminaba retorciéndose.

Después de unos minutos le arrancábamos sin miramientos las espiguitas y volvíamos al círculo a iniciar otra ronda.

Fusile y fusile se nos iba la tarde.

Era un buen juego, se corría, hacíamos buen ejercicio y se pulía o afinaba el instinto de supervivencia.

No sé a quién se le ocurriría ponerle Pancho Villa, pero es obvio deducir por qué: tarde o temprano te tocaba ser fusilado. Como tantas veces narran que el general mando a tantos al paredón.

Dicen los que saben, cuentan los que lo vieron (menos los que fusiló, obvio) que decía Villa algo así: “Fusílenlo provisionalmente, ya después haremos la averiguación correspondiente”.

Y con miles de anécdotas así se erigió la leyenda ecuestre, el mito y vendaval que es Villa, habitante implacable de los corridos.

Taibo II dice en su biografía narrativa de Pancho Villa que cuando se rindió en Coahuila ante el enviado del presidente De la Huerta en 1920, le entregó un cuadernito en el que había registrado 43 000 muertes por su propia mano o por su mandato. Que según esto dijo que ya estaba cansado de matar. Dicen también, era un extraordinario tirador.

Platican por ahí que un abuelo, veterano villista de los merititos Dorados, en su lecho de muerte llamó a su nieto predilecto y le dijo que como herencia le dejaba estas palabritas y que se acordara siempre de ellas: “Así como el desertor es el cobarde de la guerra, el huevón es el cobarde de la vida”. Y que si a los cobardes se les debía fusilar, a los huevones con mucho mayor razón.

Yo digo que a estos últimos se les debería fusilar dos veces. Claro está, por la espalda.

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