Nos acostumbramos a creer que todo marcha bien. Escuchamos sobre el caos y pensamos que es el de otros. Nos entretienen los discursos sutilmente maquillados, el alarde de algún político presumiendo que no ha hecho más que obedecer los designios de los gobernados, las fanfarrias que no dejan escuchar el dolor de una madre que ha perdido a su hija, los vaticinios trianuales anunciando la llegada de los nuevos profetas que proclaman poseer la llave para abrir una puerta al paraíso, las canciones pletóricas de letras...