En sentido contrario

En sentido contrario

Mi situación económica era, como nunca, un verdadero callejón sin salida. Caminaba esa tarde con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha e investido de una tristeza extrema. La entrevista de trabajo que tuve aquella tarde, evento del que salí hacia unas horas fue, prácticamente, la última esperanza que guardaba con respecto a una pronta recuperación.

– El trabajo fue asignado a otra persona – me dijo tajante mi entrevistador.

La familia no soportaría más esa verdadera avalancha de malas situaciones que rodeaban mi vida, de un tiempo a la fecha: sin una remuneración estable, con enfermedades, sin poder vender nada, con deudas por doquier y uno que otro trabajo elaborado a últimas fechas por mí sin el pago correspondiente; las cosas no podían ir peor.

Después de caminar algunas cuadras más en verdadero estado de shock, y sin darme cuenta real de lo que hacía, subí a un autobús para volver a casa. Me senté en un lugar frente a la ventanilla. En ella se perdió mi mirada al segundo siguiente. En verdad, no sé cuánto tiempo pasé en aquel estado, pero el sentir que una mano tocaba mi hombro, me regresó instantáneamente a lo que pensé, mi realidad.

– ¿Juan Eduardo? –me preguntó una voz a mis espaldas.

Rápidamente volteé para saber quién me hablaba.

– ¿Te sientes bien? Estás pálido. Tu rostro se encuentra desencajado –aseveró aquella persona que no atinaba a ubicar.

–  ¿Quién eres? – le pregunté mientras trataba de salir de mi estado.

– Fermín Santander. ¿Acaso no me recuerdas? Trabajamos juntos en la presa del Despeñadero, hace ocho años.

 – Recuerdo el lugar, más no tu rostro…– le contesté.

Sin embargo, no coordinaba los eventos que se sucedían a mi alrededor. Veía la cara de Fermín, pero no lo ubicaba y mucho menos entendía lo que querían decir sus palabras.

Me ayudó a levantarme del asiento, me tomó del brazo y me pidió que lo acompañara. Nos bajamos del transporte y, como si fuera yo un octogenario, me condujo con todo cuidado hasta una barca.

– Respira profundo –me dijo. 

Inhalé el aire con avidez. Deseaba realmente volver en mí.

– No te tenses más –me indicó Fermín. Tenemos todo el tiempo para tu recuperación.

Al fin, después de un lapso, grité emocionado…

– ¡Fermín, pero si eres tú…!

– Me alegra verte más tranquilo, Juan Eduardo. – me dijo Fermín mientras suspiraba. Entonces, me preguntó:

– ¿Tienes algún problema o algo anda mal contigo?

Mi depresión afloró. Llorando como un niño conté a mi amigo todos los sinsabores que me aquejaban desde hacía algún tiempo.

– ¿Eso es todo? –preguntó comprensivo.

– ¿Así te parece? –contesté.

– ¡Claro! Por lo pronto, tranquilízate; a nadie le gusta contratar personal con problemas.

– ¿Tendrías trabajo para mí? –interrogué anhelante.

Fermín esbozó una gran sonrisa:

– Por supuesto. La próxima semana iniciamos un súper proyecto en esta ciudad. Serías el encargado de una gran parte de la obra. Realmente estaba buscando una persona como tú.

Lleno de contento caminé junto con Fermín al estacionamiento donde guardaba su automóvil.

– ¿Dónde estamos? –le pregunté a mi interlocutor.

– En el barrio de San Sebastián. ¿No lo conocías?

– Claro que sí – contesté, encogiéndome de hombros.

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