Flotante retorno

Flotante retorno
Los chilangos se encaparazonan y se blindan de sus congéneres, y de sí mismos. Se blindan por dentro para que de afuera parezcan imperceptibles. Es instintivo.

“Me desplazo delirante entre el cardumen delirante, me embadurno con su hirsuta poesía, con su música derretida y seca, muda; con su belleza desoladora, fea. Su poesía fea y efímera. Pero honda.”

Tengo calentura, temperatura, o como quieran llamarle. Vengo saliendo de una reunión aburridísima en una escuela frente al aeropuerto. Soporífera, puras estupideces fui a escuchar. Traigo el escalofrío encima, siento que me carga el carajo. Ya oscureció.

Del metro Terminal Aérea bajo hasta metro Pantitlán para de ahí subir a Chabacano. Me urge largarme del D.F. para llegar a casa, meterme en la cama y sudar la enfermedad que ya me agarró.

Todo lo veo como entre ecos, el gentío es una arsenal de distantes y blindadas emociones, avanzan, avanzan, difícilmente hablan, caras sólidas como defensas de carro, como fachada de piedra. Los chilangos se encaparazonan y se blindan de sus congéneres, y de sí mismos. Se blindan por dentro para que de afuera parezcan imperceptibles. Es instintivo.

Adoptan sin proponérselo un transitar como en un cardumen; se ve la esplendorosamente patética masa pero el individuo desaparece. Todo se percibe por el amontonamiento, el circular de la vibra entre la carcomida y desfondada realidad. Como individuos se autosuprimen. Desaparecen para estar, para permanecer. Se mimetizan con el todo, que en verdad es la nada en pleno movimiento.

Me desplazo delirante entre el cardumen delirante, me embadurno con su hirsuta poesía, con su música derretida y seca, muda; con su belleza desoladora, fea. Su poesía fea y efímera. Pero honda.

Todos se hunden en su silencio agrio y bien lubricado. Fluye la chilanguiza hacia sus respectivos puntos cardinales. Pantitlán y Chabacano son meros pretextos para llegar de la nada a la no presencia. Sudo frío, avanzo, transbordo, cruzo. Me llevo una florida y vacía colección de rostros eflorescentes, ceniza de miradas que la noche diluye. No oigo voces, sólo el zumbido largo de los pasos.

Horas después, ya lejos de la ciudad zombi, me recibe el frío del terruño amado, su abrazo que huele a algo muy alto y que se extiende, huele a un verde dormido y suavecito, encaramado en su propia humedad que se me unta en la cara. El camino, el retorno significa unos cuantos pasos prácticamente. El escalofrío me envuelve, hace surcos en mi carne.

Por fin llego a casa. Un cálido silencio me obsequia su aroma de quietud, de privacidad humilde y dulzona.

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