Sueño ascendente

“Me voy diluyendo en mí mismo, escalo de manera ininterrumpida el descenso hacia la región del merecido cansancio, donde la fuerza es humo, y ahí ensayo a diario con mullida aceptación el necesario morir.”

Finalmente entendí la razón primigenia, la sabiduría doméstica que a través de milenios y a partir de la ordinaria sencillez, ha abierto tantas veces la nitidez de la gran vía a aquellos que deciden por fin vivir en la dulzura de la nada. Comprendí finalmente el lastre innecesario que es el pasado y la ilusión angustiosa, desgastante, que es el futuro. Al descubrir lo anterior de inmediato acepté la realidad: que la vida únicamente es aprender a percibir y transitar el momento fugaz, la idea del presente. Y con las manos vacías y la voz delgada, sin prisa ya, me habitué a él. Ahí (aquí) vivo. En el continuo ser y estar, en el fluir inexorable, en el cenit del tiempo.

Al darme cuenta de todo esto simplemente me vislumbré, fui testigo de mí mismo, de la pobreza y desnudez de mi alma. Sólo mis manos, el cauce de la voz y mi nombre son todo lo que poseo momentáneamente. Y quizá, la mirada. Digo “quizá” porque ya sé que todo es un comodato, y al momento de extinguirse el último eco de mi cronología tendré que devolver el equipo emocional, además, cada músculo, cada nervio. Cada movimiento.

Lo único que siento más mío es el sueño. Que es un abandono, un consuetudinario ponerse en manos de la inteligencia creadora; el permanente recordatorio de que soy oscilaciones, un frágil rumor. Algo que no deja de irse, poco a poco, a diario. Algo que retorna al origen. El sueño, entonces, es mi meta diaria, el aval de que recorrí el amplio círculo del día, paso a paso, instante a instante para ser merecedor de mi sustento.

Me llena contemplar, respirar colores, ungirme con la cálida lejanía del sol. No aspiro a más. Ganarme anónimamente mi cansancio, mi sueño tibio, restaurador de las fisuras que casi imperceptibles reverberan en las fronteras del alma.

Invoco al sueño líquido, bebo su sombra roja cada noche. Al momento de instalarse en mí expande sus delgadas sensaciones de bienestar. Me voy diluyendo en mí mismo, escalo de manera ininterrumpida el descenso hacia la región del merecido cansancio, donde la fuerza es humo, y ahí ensayo a diario con mullida aceptación el necesario morir.

La vida es el presente, y este, la ilusión donde anida el tiempo. Soy sombra y humo, nada más. Transito como sombra y me desvaneceré como el humo.

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