Trashumante

“Además de la capa me impresionó su mirada. Lejanía, bondad, y una panorámica tristeza eran sus habitantes. Brillaba ahí la ancestral melancolía que en el eco de la sangre dejaron los dioses al irse…”

Noche blanda y recién nacida en el Centro de Cuernavaca, casi no hay gente. La luna es como una uñita, o una sonrisa finísima y perfecta.

A unos pasos de Guerrero y Degollado, justo junto a la Fayuca hay un callejón que te lleva al Centro Comercial, el mercado grande. En ese pasillo hay frutería, películas piratas y tacos. La mayoría de los negocios están cerrados, aunque otros domingos vi siempre mayor movimiento. Se siente el Centro abandonado. Incluso en el mercado hay pocas personas. Reitero que otros domingos a la misma hora el aspecto ha sido otro: lleno. “Y eso que apenas el viernes fue quincena. Imagínate cómo va a estar ésta”, comenta mi mujer. Y sí es cierto; más que abandonado, se percibe jodido el ambiente. Muchos seguimos aprendiendo a limitarnos más y más.

Hace un rato al bajar por el Vergel vimos a un conchero solitario: penacho, coyoles, tamborcito, flauta de carrizo y capa. Huaraches. La capa de terciopelo de un azul bien raído ostentaba un par de palabras con una petición plateada: “PORFABOR COPERA”.Y ataviada de lentejuela descolorida, la Guadalupana en medio de la espalda. La imagen peregrina inundó mi atención. “Me duele decir esto, pero, pinche país, qué nos está ofreciendo”, dijo mi esposa. “Más bien, los puercos gobernantes son los hambreadores”, remaché.

Estamos en la frutería y ahí en el callejón lo veo de nuevo, me sorprende encontrarlo. Mi mujer me da algo de cambio para él y voy hacia donde toca, danzando.  

Le pido que me permita sacarle unas fotos, especialmente a su capa mostrando la frase tan profunda y simple que refleja la desesperada necesidad de unos y la impotencia de otros ante la indiferencia de muchos.

Se llama Sergio Méndez y le prometo que el siguiente domingo (o sea, hoy) publicaré las fotos en Bajo el volcán, para reforzar las brillantes y mudas palabras de su lienzo.

Lo estoy cumpliendo.

Además de la capa me impresionó su mirada. Lejanía, bondad, y una panorámica tristeza eran sus habitantes. Brillaba ahí la ancestral melancolía que en el eco de la sangre dejaron los dioses al irse, y no volverán aunque se les siga proclamando con música que se vuelve ceniza y movimientos que se apagan.

Sin ellos sólo somos miradas inermes.

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