Nido-cama

Nido-cama
Nido-cama

Mi cuna es una ventana. Me asomo al mundo de los objetos imprecisos a través de sus barrotes. El espacio ya no sólo se observa hacia arriba, al planetario de mi móvil de gordas abejitas de plástico. La suavidad tiene límites y el sueño se queda dentro de sus mullidos márgenes. La barrera que me repliega es la jaspeada madera blanca del nido.

Mis padres están afuera, no pertenezco a sus territorios. La ternura que me ofrecen es más cálida que el nudo de cobijas que me guarda, una esfera con olor a suavizante, aceite de bebé y pañales desechables. Necesito los brazos y los rostros sonrientes de papá y mamá. Sin su contacto directo mi cama es una dulce nube solitaria. Un capullo hecho para viajar a la oscuridad subconsciente, un conducto a la vulnerabilidad protegida.

Cuando abro los ojos soy mariposa, despliego las alas en dirección a las imágenes que rodean el habitáculo. La cuna, rama en donde me poso. Dejo que mi cuerpo se refresque con el exterior, que apenas me alcanza a rozar. Escucho turbia la voz de mis hermanos jugando, riendo, peleando. Llega acariciante a mi nariz el aroma tibio de la leche que mamá calienta para darme en biberón. Observo a mi padre ir y venir en busca de un lugar para poder lustrar sus zapatos. Nadie sabe que ya estoy despierta. Mi cuna es el escondite desde donde me desdoblo a la existencia poco a poco. Dejo escurrir la pereza a través de la piel como un animal furtivo, uno muy parecido a mí; tímido y curioso.

Estiro la mano, llego a la frialdad de los travesaños de mi jaula benévola. Estoy también aquí, dice esa insignificante acción. Escucho los pasos pendientes de mi madre acercándose. Sonriendo con su cara de luz, de sol, de vida, y me levanta. Estoy de pie sobre mi trono, aferrada al barandal, clavándole mi único diente a la madera descarapelada. Mamá trajo la claridad y se quedó conmigo, presta a escudriñar. Abro los sentidos. Alertas, devoran los colores, los aromas, los sonidos, texturas y familiaridad.

Mi cuna es una torre, un observatorio. El cuerpo aún no está listo para salir. Este sitio es un trono vigía. Llega hasta mí todo lo que necesito, lo que demando; un juguete, un beso, una caricia, mi biberón, hasta un trocito de galleta. Mis pies siguen enterrados en la suavidad de la tierra cobija. Mis piernas son débiles, apenas me sostienen, pero saben esperar. Mis manos no tienen paciencia. Los dedos, ramas desesperadas, y después aves intentando arrebatarle al aire los objetos que están allá afuera; la conexión más viable con el otro universo, con ellos y mi boca. Soy muda a las palabras, pero mis manos, con su inteligencia de tacto, descifran el lenguaje de las cosas, las sustancias y pieles que llegan. Mis brazos capturan, redes que absorben hacia el torbellino que soy.

Cuando duermo crezco en todos los aspectos. Mi cuna de noche se vuelve nave e incubadora. Me lleva en mi mente a donde mi cuerpo no puede, a las inalcanzables cosas que he vislumbrado de día.

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