Aunque parece menguar, la temporada de frío sigue presente justo cuando decenas de miles de personas carecen de techo y viven de manera precaria en albergues improvisados y casas de campaña.
En los primeros días del sismo los mismos damnificados desecharon importantes volúmenes de prendas que habían sido donadas y entregadas a granel.
Hoy, toda esa ropa se necesita para paliar el frío que no se sabe si volverá a hacer sufrir a la gente sin hogar.
La solidaridad de la población es otra vez necesaria, no sólo para proporcionar prendas abrigadoras, sino para aportar comida a los albergues que aún sostienen su labor en favor de los afectados por el sismo.
Habrá que confiar en que no falle y aquellos que disponen de algo para compartir lo hagan, y de manera oportuna.