Ayer, aniversario del inicio de la revolución mexicana, me sorprendió ver muy pasivo al Pingo -el perro que en la casa de ustedes se siente el amo- ya que normalmente acostumbra ir a los desfiles y esta vez no parecía muy interesado.
Eso me extraño mucho pero de inmediato tuve la explicación: Pingo se había enterado de lo que habría en el desfile de Puente de Ixtla, pues alguno de su compañeros de especie (o sea, otros perros como él) habían ido a los ensayos y se enteraron anticipadamente.
Mi curiosidad se despertó y decidí darme una buena asoleada con tal de conocer lo que Pingo deseaba evitar. Y ese malvado perro tenía razón.
El desfile cívico más importante del año ha sido convertido en un carnaval, en el que no sólo se evita exaltar los valores originales que allí buscaban transmitirse, sino que no se le tiene ni tantito respeto a la memoria de quienes se agarraron a balazos para defender unos ideales que al convertirse en hechos (así haya sido parcialmente) permitió construir un gran país.
Para empezar, profesores con poco seso nuevamente volvieron a hacer marchar a grupos de niños vestidos de soldados, ignorantes de la terrible realidad que eso dibuja. Otros, más ignorantes aún, presentaron muñecos de tamaño natural vestidos hasta de Lady Gaga o cualquier otra cosa estrafalaria y totalmente desconectada de la fecha a celebrar.
Salvo alguno que otro contingente que marchó con dignidad y respeto, lo demás daba pena. Por eso el Pingo, con su inmensa sabiduría, no fue a ver el desfile, por lo menos no el de su tierra natal.
Ojalá y ustedes, amigos lectores, haya tenido mejor suerte en sus rumbos. Aunque no lo creo, porque lo que se vio en Puente de Ixtla no es una casualidad, sino un plan ranchero de quienes mandan ahora y que -¿casualmente?- perdieron en la Revolución.