Pingo, el perro cuyas opiniones forman parte habitual de esta columna, ha decidido hacer ejercicio para estar en forma con miras a seguir muy de cerca el proceso electoral de éste año, el segundo que le toca en su vida. Él tiene ocho años de edad (que biológicamente corresponde como a los 50 años de un humano) y cuando tenía dos años, en la elección del 2006, aún no se le habían desarrollado sus extrañas cualidades que le han hecho interesarse en la política en un grado que suena excesivo.
En las elecciones del 2009 ya asomó su nariz por el proceso local, pero aún era inexperto y carecía de los datos y las vivencias que hoy tiene y que le permiten hacer evoluciones contundentes sobre las características biológicas de los políticos, a los que clasifica como seres no humanos y carentes de piedad y moral.
Supongo que sabe lo que dice, porque cada vez que alguien lo quiere desmentir ofrece pruebas contundentes e inobjetables.
Y con esa experiencia se dispone a sumergirse en el fango, quiero decir, en los secretos de las campañas políticas, donde se aplica el precepto básico de “quítate tu para ponerme yo” y, bajo esas reglas, todo puede pasar.
Por lo pronto, Pingo asegura que ha comenzado su entrenamiento para desarrollar las habilidades que le permitan estar a la altura de las circunstancias.
Creo que entre otras pruebas piensa hacerse pasar por perro callejero, para conocer que se siente que lo pateen, lo insulten y le arrojen cosas y, sin embargo, seguir en el lugar cual candidato a alcalde en busca del voto.
Creo que lo ha pensado bien y vivirá con intensidad esos momentos.