La política es muy ingrata. Lo peor es que no lo digo yo, sino los políticos, los agraciados que viven de ella muy bien. Pero lo dicen cuando ya no agarran hueso y se quedan chiflando en la loma, lo que es un decir porque generalmente cuando los bajan del inmerecido cargo público se llevan una buena maletota de dinero con ellos. Lícito o ilícito no lo sé, pero de que esta la maleta llena, lo está.
Pero aún así hablan de ingratitud si no llegan a colocarse de nuevo. O dicen que llegaron al cargo que dejan o están por dejar no por ganas sino “porque la gente se los pidió”.
Y de esa gente hablan pestes, porque dicen que han manchado su buen nombre o porque no saben reconocer a un héroe aunque lo tengan enfrente.
Porque eso se creen: verdaderos héroes que han salvado a la patria de males mayores. Aunque muchas veces la patria se salva cuando ellos son desenchufados de la ubre presupuestal.
Todo esto lo digo porque dentro de unas cuantas semanas habrá muchos políticos de esos, de los que dicen que la política es ingrata, porque los cargos en juego no van a alcanzar para tanto ambicioso. Y no nada más para los que militan en los partidos “grandes” (grandes en tranzas, dice Pingo, el perro que no puede evitar meter su cuchara en este espacio) sino hasta los chiquitos que ya saborearon las mieles del poder y que quieren más.
Así es que, amigo lector, prepárese para recibir las miradas de desprecio de todos aquellos políticos que se queden si hueso y que dirán que usted es un ingrato, por no saber valorar la calidad.