La cola de las tortillas

Desde hace días quería abordar el tema de las tortillas y sus formas de comercialización para señalar los terribles anacronismos que atan a la sociedad morelense y la obligan a vivir en el pasado, pero en esta tierra la realidad supera a la ficción y me encuentro con que hoy se publica el decreto que reglamenta esa actividad en el municipio de Jiutepec y da protección a los industriales de la masa y la tortilla, que alguna vez fueron terriblemente poderosos y que aún hoy mantienen algunos cacicazgos regionales, por más que sus consumidores se rebelen y les muestren la realidad del mercado.

A nivel económico somos una sociedad de baja productividad, porque muchos de los productos y servicios que ocupamos podrían tener menores costos, pero los grupos de control lo impiden.

Ejemplos sobran: desde la telefonía hasta el transporte de materiales, el transporte de pasajeros o hasta la venta de combustibles, sin contar innumerables servicios de menor envergadura que son de mala calidad y costosos porque no hay competencia.

A los tortilleros el destino les puso la competencia frente a sus ojos y no supieron qué hacer. Los consumidores mostraron que querían disponer de mejores horarios para comprar tortillas o incluso no tener que ir a determinado lugar por ellas, al calvario de las largas y sufridoras colas.

La necesidad existía y no faltaron los audaces que la atendieron. Pero los presuntos afectados –en realidad los que salieron dañados por ese beneficio a l consumidor- en lugar de dar el servicio, la calidad y los precios que sus clientes requieren tramitan prohibiciones para que no haya competencia.

Por eso en Morelos, aunque lo que sobran son taxis, el servicio es tan caro.

Pero bueno, no hay nadie capaz de mejorar la competitividad, aunque haya quienes cobran por supuestamente hacerlo.

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