La economía del conocimiento

Hace dos años, ante la perspectiva de recibir ochenta mil pesos adicionales, cientos de profesores de todos los niveles de educación básica decidieron jubilarse aunque tal decisión no estuviera antes en sus planes.

Una extensa convocatoria permitió llenar esas plazas, pero sólo ese año, porque hoy son comunes las dificultades en planteles escolares que carecen de maestros frente a grupo.

Pero ese es el problema menor.

El principal es el retiro anticipado de una generación de docentes con una preparación mayor a la de quienes hoy ocupan sus plazas.

La educación normal en Morelos es de muy bajo nivel y los nuevos maestros tienen problemas de comprensión de las matemáticas, pero también de algo más básico, de la lectura.

Sería “normal” enumerar ese tipo de problemas cuando habláramos de los alumnos de la educación básica, pero es muy grave cuando hablamos de que esas son las carencias de los maestros que les enseñan.

Poca cosa, dirán los funcionarios del IEBEM, más preocupados en mantener sus insultantes ingresos (que les garantizan aguinaldos fabulosos) que en por lo menos simular que la cacareada calidad educativa es más que un eslogan.

Con el nuevo paquete de jubilaciones en trámite se ha continuado con esa ruptura generacional. Cada vez son menos los profesores con un nivel aceptable de preparación, en la estrategia ideológica para dar prioridad a la educación privada, que poco a poco consigue tener mejores escuelas.

Hoy no se dan ya ochenta mil pesos para jubilarse, pero las crecientes carencias que vive la enseñanza pública (fallas provocadas, dirían los técnicos) genera un éxodo que permitirá consolidar el gran éxito de los dos últimos secretarios de educación: producir en Morelos suficientes repartidores de pizzas, guardias de seguridad y empleados de supermercado para que la economía del conocimiento sea una realidad.

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