Antes de continuar con los detalles del código “electopenal” que prepara el Pingo para tratar de porréenle freno al latrocinio de los políticos, deseo opinar sobre un asunto que ha sido de relevancia en los últimos tres días. Me refiero a Miguel de la Madrid, muerto por su propia mano –supongo que se debe decir así cuando uno sabe que murió de enfisema pulmonar y que fumaba y fumaba y fumaba- de quien se ha dicho que fue casi casi grande entre los grandes.
Como ciudadanos mexicano, no sé porque no lo puedo ver con los mismos ojos con que lo vio Felipe Calderón. Bueno, aunque allí hay interés, porque la grisura del gobierno delamadridista hace que el actual sexenio no sea el más gris, así sea por una rayita.
Miguel de la Madrid fue heredero de la dictadura de un partido político y como tal actuó, pero con la ineficiencia del que no se atreve a hacer las cosas necesarias en el momento adecuado.
Él solito fue incapaz de sacar al país de la hiperinflación. Fue un desastre administrando, quien lo dijera, desastres, y para colmo construyó un sistema económico que hoy aún padecemos.
Su “cruzada por la renovación moral de la sociedad” no fue más que un rollo sin sustancia y en general no tiene nada positivo que se le recuerde.
Ni siquiera como director del Fondo de Cultura Económica, cargo que le sirvió de retiro y para publicar los libros de sus amigos, aunque nadie los leyera.
Por eso, desde mi recuerdo como ciudadano y como periodista no hay nada recordable, por lo menos nada que coincida con las palabras elogiosas que se han vertido desde la llamada clase política.