Justo eso me pareció cuando leí el reparto de los órganos de control que el PRI dio a conocer el lunes, y donde aparecen nombres y apellidos que estaban ya en esa lista hace una década, por lo menos.
Algunos de los que allí aparecen apenas son pequeñas variantes: en lugar de los padres aparecen los hijos, algunos hasta del mismo nombre. O ambos.
El mismo espectáculo se da en el PAN, cuando se hace pública la lista de los únicos que pueden elegir a los aspirantes a cargos de elección popular.
Ambas situaciones, la del PAN de siempre y la del PRI de siempre, son insultantes para el ciudadano común, que tiene conculcada una parte de sus derechos constitucionales en materia electoral, exactamente el derecho a ser votado.
Ese derecho nos ha sido robados, entre otros, por las personas que aparecen en las listas a las que hago referencia, que se dan el derecho total y absoluto de decidir quiénes pueden ocupar una candidatura por su respectivo partido, que –no por casualidad- forman parte de ese pequeño círculo, a pesar de que por décadas han demostrado que de donde se surten de materia prima no están los mejores ni los más preparados.
Por eso considero que ver reaparecer los mismos nombres de toda la vida no es más que otro exceso de los partidos, intocables porque tienen el control de las leyes.
Sin embargo, parece que han tirado demasiado fuerte de la cuerda.