Precariedad

Hace unos días recibí una carta de una lectora, que pide ayuda para denunciar el maltrato laboral del que dice es víctima.

Ella trabaja en una tienda que vende productos –generalmente de baja calidad- todo al mismo precio. Consiguió ese trabajo por medio del Servicio Nacional de Empleo. Sin embargo, dice que ha pasado un calvario, porque le cambian las funciones de un día para otra, no le cumplen con las condiciones pactadas en el contrato que firmó y en general dice que explotan a ella y a sus compañeros que, se deduce, necesitan el sueldo y por eso se aguantan.

Y bien sabe que hay tanto desempleo que el trabajo en el que sufre es deseado por montones de personas, que ya quisieran tener un ingreso fijo.

Sus penalidades son difíciles de resolver. Las empresas tienen la vara alta y las autoridades que regulan el mercado de trabajo poco hacen porque se cumpla la ley.

Es la herencia que en Morelos dejó Sergio Estrada, en cuyo sexenio comenzó el desmantelamiento de la industria manufacturera para pasar al sector de servicios, que creo empleos de una nueva categoría: guardia de seguridad, repartidor de pizzas o empleado de supermercado. Todos con salarios bajos, pocas o ninguna prestación y horarios extenuantes.

Es la modernidad disfrazada de competitividad. Es la realidad que enfrentan cientos de miles de nuestros paisanos, a pesar del enorme potencial que la entidad tiene para crear empleos de mejor calidad.

Lo único que le puedo decir a la lectora que platicó su viacrucis es que hay pocas salidas a lo que vive, excepto la de seguir en búsqueda de una fuente de empleo de mejor calidad. Existe, pero son difíciles de encontrar.

Es un privilegio trabajar en lo que a uno le gusta.

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