Se acabó

“La Historia me absolverá”. Eso dijo un joven Fidel Castro cuando fue sometido a juicio por el ataque al cuartel Moncada, un episodio nacional exaltado hasta el paroxismo en Cuba.

Sin embargo, la Historia ha sido implacable con él, hombre de blancos y negros.

Entonces ¿qué pueden esperar quienes tienen una estatura muy menor y técnicamente hoy dejan de operar en sus cargos, aunque oficialmente el actual gobierno estatal termina el domingo a la medianoche?

He dicho reiteradamente que gente como Sergio Estrada Cajigal y Eduardo Becerra actuaron como si no temieran a ese juicio de la Historia y hoy asumen, resignados, su condena a ser apestados sociales.

Y así será con muchos de los que hoy se despiden oficialmente de su oficina.

Los periodistas estamos acostumbrados a eso y más: a lo largo de tantos años vemos el ímpetu y el coraje con el que los nuevos llegan al cargo. Poco después notamos la soberbia que los comienza a envolver por culpa de sus barberos. Y al paso del tiempo, cuando el final se acerca, vemos que regresa la humildad. Pero ya es demasiado tarde.

Por supuesto, caso aparte son aquellos que sólo buscaban el beneficio inmediato y que no les importó nada con tal de salir con las bolsas llenas.

Y de esos, desafortunadamente, hay muchos.

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