Cuenten bien... éramos más... los muertos ya no están

El sol empezaba a menguar, pero de todas formas los sombreros eran necesarios; estábamos caminando desde casa hacia la glorieta de la Paloma; vimos a Paco, lo saludamos y comentamos que nos veríamos allá arriba. Después nos encontramos a Karla, Lupita, Manuel, Mariano, Raúl en frente de Villabejar; se nos unió Jorge. Empezamos a caminar; ya casi eran las 17:00 hrs. Al llegar a la glorieta, nuestro asombro comenzó a incrementarse: la magnitud de la convocatoria empezó a notarse.

Seguimos el río de personas que iniciaba un caminar sobre Heroico Colegio Militar, exactamente al costado de los cuarteles, sin prisa, saludando a casi todos los que veíamos. Realmente era la gente de Cuernavaca; todos nos ubicábamos, reconocíamos, saludábamos, conversábamos con todos. Pasó Sicilia por el otro carril. Para ese entonces, yo ya no veía el principio ni el final de la marcha, que todavía estaba quieta, dormida, esperando el tiempo preciso para iniciar su caminar lento, pesado, con ansias de manifestarse y hacerse escuchar. En esos momentos nos percatamos: somos miles y una consciencia colectiva se gestaba. Durante todo el trayecto una incógnita nos corroía: ¿Cuántos seremos? Durante el trayecto de la glorieta de Zapata a la de Tlaltenango no se veía principio ni fin. Todos éramos cuernavaquenses, tricolores, amarillos, pumas, americanistas, chivas, músicos, choferes, médicos, maestros, científicos, periodistas, poetas, amas de casa, estudiantes, ingenieros, en fin, cuernavaquenses todos. La avanzada leía poemas, increpaba a las autoridades, nosotros los de en medio caminábamos tranquilos observando a los artistas espontáneos con representaciones improvisadas, con gritos de reclamo que salían de lo más profundo de cada uno. Con letreros que decían lo callado por mucho tiempo y aguantado por prudencia, miedo o desesperanza.

De repente sorpresas: algunos jóvenes con bolsas iban recogiendo la basura durante el camino. Una muestra de civilidad que solamente pueden tener las personas más conscientes de su entorno. ¡Bravo por estos jóvenes! Por ellos marchamos, para que ellos ya no caigan muertos. Observé cómo varios automovilistas atorados por la marcha levantaban el pulgar y tocaban el claxon para indicar que estaban de acuerdo con las consignas, que a pesar de que ellos no podían seguir su camino, simpatizaban con los que habíamos decidido manifestarnos; éramos más.

Tanto ellos atrapados como nosotros los caminantes obligados a usar esta herramienta de la desesperanza, este último recurso, para indicar a los gobernantes que están haciendo mal su trabajo; para señalarles que esta guerra ya tiene muchos de nuestros hijos, hijas, jóvenes, mujeres y hombres, demasiados conciudadanos muertos, demasiadas vidas truncadas. La incertidumbre de poder salir a trabajar, estudiar, comprar, divertirse sin saber si regresaremos, aniquila poco a poco a la sociedad misma.

En medio de la marcha:

 ¡Qué gusto verte!

 Pues... la verdad a mí NO me da gusto verte... aquí. No deberíamos estar aquí. Deberíamos estar trabajando, jugando, estudiando, divirtiéndonos...

 Es cierto; nadie desea estar en esta situación.

Ésa es la verdad: ninguno de los manifestantes ha deseado estar en esta situación; pero la ineficacia de los gobernantes nos ha obligado a tomar la calle.

Dan las 18:03 y estamos en las oficinas de Tránsito, ¡qué poco hemos caminado!; media hora más y ya estamos en la glorieta de Tlaltenango; a las 19:05 pasamos junto a la ayudantía de Tlaltenango. La gente en las aceras también participaba en la marcha, una familia con palomas de papel se unía a los gritos de reclamo:

¡México despierta... están matando tu futuro!

19:39 hrs., apenas en El Calvario. El caminar se hace más lento. Para esos momentos, el contingente ya no podía entrar a la plaza de armas. Es más, nunca pudo entrar completo. La plaza ya estaba repleta antes de que llegara la avanzada.

Finalmente a las 20:07 hrs. llegábamos a la plaza de armas, pero como anticipábamos, no cupimos; tuvimos que dar la vuelta y entrar por el correo; vimos a mucha gente saliendo de la plaza: mucha atenta a los discursos, mucha otra cansada, pero satisfecha de haber participado, de haber manifestado que no estaba de acuerdo con la forma de manejar los problemas que nos aquejan. La pregunta, ¿y ahora qué?... el turno a los gobernantes. Ojalá el miedo no los paralice y convoquen a todos para resolver los problemas entre todos.

Regresamos a casa... veo las noticias y dicen que éramos unos diez mil, otros dicen que 30 mil, ¿quién sabe contar?, ¿cómo contar una marcha de esta magnitud? Éramos mucho más de los que estábamos, “cuenta bien... éramos más... los muertos ya no están”.

 

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