La biología de la música: el “Efecto Mozart”

Durante los ochentas el Doctor Alfred Tomatis investigó la relación entre la capacidad auditiva y el desarrollo del cerebro. Propuso un método para mejorar la capacidad de “escuchar” con el fin de mejorar el aprendizaje. 

En 1993, la Doctora Frances Rauscher publicó en Nature, una revista científica de alto prestigio, que estudiantes que escuchaban la Sonata para dos pianos en Re mayor K. 448 de Mozart mostraban mejor desempeño en labores espacio-temporales. Se hipotetizó entonces que la música de Mozart mejora las habilidades espacio-temporales. El término “Efecto Mozart” fue acuñado definitivamente en 1997 por Don Campbell.

Pero, ¿qué hace a la música de Mozart diferente? Muchas características identifican a una composición. Una de ellas es la línea melódica, entendida como una secuencia de intervalos entre notas que construyen una melodía específica. Curiosamente, la música mozartiana tiene una repetición muy frecuente de melodías, tal cuales o como si fueran vistas en un espejo, ascendente o descendentemente. Parte del genio de Mozart se le atribuye a que, aún incorporando tantas repeticiones en sus composiciones, procuró no hacerlas aburridas, sino cautivadoras. Este patrón no es tan claro en composiciones de Bach, Beethoven, Liszt o Wagner.

Algunos científicos señalan que la estructura de la música de Mozart de alguna manera estimula la región cerebral encargada de tareas espacio-temporales. Otros han encontrado que dicha música aumenta los niveles de relajación después de una prueba estresante, mientras que el silencio o el heavy metal no. Es posible argüir que el nivel de relajación es algo subjetivo, pero los parámetros biológicos no lo son. Se ha observado que crecendos vocales u orquestales aceleran el ritmo cardiaco y la respiración, mientras que diminuendos los alentan. La música clásica, como la mozartiana, se ha usado para tratar ansiedad, depresión, perturbaciones cardiovasculares, dolor, estrés y desordenes del sueño.

Sin embargo, las investigaciones en torno a los diversos efectos de la música mozartiana muestran resultados contrastantes: algunos experimentos aportan evidencia a favor de la existencia del Efecto Mozart; otros experimentos no. Hay factores que podrían enmascarar el efecto, lo que dificulta su estudio, pero los científicos hacen lo posible para superarlos.

Se argumenta que las personas podrían mostrar cierto comportamiento al conocer los objetivos de los experimentos en los que participan, lo cual sesga los resultados. Curiosamente, aunque se mentalice a las personas a que desarrollarán actividades que desacreditarán el Efecto Mozart, ellos también muestran un aumento en sus habilidades espacio-temporales al escuchar la Sonata K. 448. También se dice que los sujetos aprenden a realizar las labores que se les piden durante los experimentos. No obstante, usando pruebas difíciles de aprender se muestra que el Efecto Mozart sigue presente. Es posible también que el simple hecho de disfrutar la música clásica sea la razón por la cual se incrementa el desempeño en labores espacio-temporales. Sin embargo, se han expuesto a ratas a la Sonata K. 448 y se ha observado que resuelven laberintos más rápidamente, por lo que no existe una influencia de la apreciación sobre el efecto de la música per se.

Los estudios no sólo abarcan la música clásica. El Doctor Hans-Joachim Trappe resume el efecto de otros géneros musicales en los seres humanos. La música popular eleva el humor y la motivación. La música de meditación actúa como sedante. El heavy metal y el techno incrementan la agresividad, el ritmo cardíaco y la presión sanguínea. El jazz requiere mucha concentración para ser comprendido. La salsa, la rumba o el mambo son muy rítmicos, provocan un humor positivo e inducen movimientos corporales. La música folclórica tiene un fondo socio-cultural y enfatiza sentimientos protectores. Al final, diferentes personalidades se sentirán atraídas por diferentes estilos musicales.

Resumiendo, es claro que la música clásica tiene un efecto positivo sobre algunas de nuestras habilidades y comportamientos, pero aún no es claro el por qué. Muchos de los estudios realizados en torno al tema pecan de contar con una población experimental muy pequeña o de llevar a cabo estrategias experimentales pobremente planeadas, lo que provoca que se defiendan argumentos “secundum quid” o de generalización apresurada. ¡El Efecto Mozart debe ser analizado con una lupa de mayor aumento!

David Felipe Rendón Luna

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