La orfandad intelectual

La orfandad intelectual
La orfandad intelectual

Hoy encontré entre un libro entre otros tantos que en 2011 Fernando Zertuche le dedicó a mi tío José Antonio. Se trata de “Jaime Torres Bodet. Realidad y destino”. A su vez, mi tío me lo regaló porque quería compartir conmigo el que en el volumen se hace mención de mi abuelo, Pedro Moreno Souza, como maestro que formó parte de las “Misiones Culturales”, y fue quien fundó algunas escuelas rurales. En el libro encontré una foto, sin créditos de autoría, fechada en 1932, en la que aparecen diversos “intelectuales” amigos y maestros del gran Torres Bodet.

Si bien esa imagen de hace más de ocho décadas me hizo repasar de nuevo el concepto del “intelectual”, no pude evitar extrapolarlo a los que hoy tratan de ejercer, de una forma u otra, esa relevante tarea. Me queda claro que el adjetivo tiene múltiples definiciones y que su significado tiene peso en toda sociedad pensante, inquieta y con cierto grado de conciencia política. Sin embargo, también es cierto que hoy se aplica indistintamente a aquellos sujetos que dictan sendos discursos y opiniones a vuela pluma, a comentócratas, opinólogos y periodistas zalameros, a escritores noveles que subidos apenas sobre un ladrillo creen que su voz es la “Verdad”, pero más que nada se cree que todo cuanto se dice, escribe y argumenta es producto de un análisis, reflexión y cultivo de las ideas, elementos que dan cuenta de aquel que, sin decirlo, es un verdadero “intelectual”.

Lo peor del caso es que si el intelectual es, aunque no necesariamente, un producto de la academia, del cultivo del conocimiento, la lectura, la libertad de pensamiento y la crítica, hoy día no son estas las premisas que los forman. En la actualidad, la mayoría cree sin ambages lo que dice un locutor famoso, una actriz despechada, un youtuber exitoso, un periodista chayotero, un diputado analfabeto, una editora insensible, un comentarista de radio con alto rating, un columnista tendencioso, millones de facebuqueros y twitteros, así como tantos otros personajes que expresan sus opiniones sin una base crítica, veraz, sensata, articulada, razonada y sensible.

Y para acabarla de joder, me pregunto cómo, ante un evidente y crudo contexto nacional de violencia, delincuencia, secuestros, represión a la libertad de expresión, asesinato de periodistas disidentes, precariedad intelectual de nuestros jóvenes, feminicidios, misoginia, machismo exacerbado, adicciones, recesión económica, populismo barato y ramplón, mentiras por verdades y datos necios, el huésped que se aloja en Palacio Nacional puede señalar que “somos una de la naciones con el mayor nivel de consciencia política del mundo”.

Frente a este escenario, me pregunto dónde están hoy los Torres Bodet, los Samuel Ramos, los Enrique Diez Canedo, los Salvador Novo, los Mariano Azuela, los Julio Torri, los Jorge Cuesta y los José Gorostiza, por nombrar sólo a algunos. Por el contrario, se han ido los últimos intelectuales y académicos, los Octavio Paz, los León Portilla, y otros que nos dejan en una orfandad que raya en el abandono.

Jean Paul Sartré dijo en su libro “Los intelectuales y la política” que “Un hombre no es nada si no es un ser que duda. Pero también debe ser fiel a alguna cosa. Un intelectual... es esto: alguien que es fiel a una realidad política y social, pero que no deja de ponerla en duda. Claro está que puede presentarse una contradicción entre su fidelidad y su duda; pero esto es algo positivo, es una contradicción fructífera. Si hay fidelidad, pero no hay duda, la cosa no va bien, se deja de ser un hombre libre”.

Por su parte, Gabriel Zaid, en un artículo titulado “Intelectuales” publicado en la revista Vuelta en 1990, escribió que “El intelectual no es sólo la persona especialmente inteligente, inclinada a la vida intelectual o especialista en el trabajo intelectual, sino que son algo así como la inteligencia pública de la sociedad civil. Las características de un intelectual están determinadas no por su capacidad, sino por su función social, que consiste en construir espejos de interés para la sociedad, para hacerla pensante, crítica, imaginativa, creadora y en movimiento. Por eso son considerados como la conciencia de la sociedad”.

El umbral entre lo público y lo privado hoy es una suerte de torbellino con rémoras que anuncian un brote social sicótico; vivimos, salvo contadas excepciones, una orfandad intelectual.

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