Normalmente escribo en el trabajo, pero ahora decidí redactar esta columna en la casa de ustedes, aprovechando lo que pensé serían minutos de paz y tranquilidad, pero nada más alejado de la realidad, ya que en un santiamén Pingo –el perro de esta familia que nunca se ha sentido mascota sino amo- me vio en la computadora y decidió acercarse a opinar, como siempre, de los temas que considera son de mayor interés.