Los priistas de toda la vida –muchos de los cuales en su momento se hicieron panistas o perredistas, según lo que fuera más conveniente, y hoy regresan al redil- ya se comportan no como si fueran los ganadores de la próxima contienda, sino como los dueños –así con esas palabras, tan exactas- de la administración pública local y municipal –en todos los municipios- y ya comienzan a repartir favores y premios a quienes los apoyen, los aplaudan, les hagan la barba y en general los ayuden a adoptar esa mentalidad ganadora que amenaza con perderlos.
A pesar de los esfuerzos panistas de usar el aparato gubernamental para desacreditarlos, los priistas allí siguen en las encuestas. Y no importa que mucho (todo) de aquello malo que les atribuyen sea cierto, gracias a que en México los que votan son muy pocos y tienen bajo nivel cultural, pues sólo han tenido dos profesoras, la televisión y Elba Esther, ambas igual de malintencionadas.
Pero me regresó al punto original: los militantes del partido tricolor con posibilidades de agarrar un hueso creen que ya lo tienen en las manos y que, aparte, se lo merecen.
Quien quiera que aún mantenga la cordura en ese su partido bien haría en promover cursos de modestia y humildad para evitar que a la hora de la hora se aplique aquello de que del plato a la sopa se cae la sopa.
Al respecto les puedo recomendar al Pingo –el perro que en la casa de ustedes se siente el amo- aunque les advierto que él aprendió sus técnicas de otro can cuyo amo estuvo un tiempo en el corralón, esto es, en una “granja” de Alcohólicos Anónimos. Y dice que por eso sabe como dirigirse a la autoestima de sus interlocutores.
NI quiero preguntar más.