La iguana verde que vive y se come las flores del tulipán en la casa de ustedes se acaba de llevar un susto mortal. Recién la semana pasada critiqué a Pingo, ese perro con aires de amo a quien encargamos cuidar las flores y que aparentemente había fracasado en su misión, pués la iguana estaba cada vez más gorda y las flores más escasas.
Sin embargo, debo reconocer el talento de ese perro, pues lo que pasó en realidad fue que se leyó "El arte de la guerra", de Sun Tzu, donde aprendió que a veces para derrotar al enemigo hay que aparentar debilidad y fracaso, a efecto de que el otro se confíe y termine por morder el polvo.
Resulta que Pingo escenificó con tanta maestría su teatro que hasta yo me la creí y lo llené de críticas, que la iguana leyó en el periódico (también es adicta a La Unión, en su versión tradicional en papel) y pensó que entonces estaba libre de peligro para atragantarse con mi tulipán.
Y eso pretendió hacer, llena de confianza y con la guardia tan baja que estaba en lo suyo saboreando el rico aroma de un pistilo cuando sintió que se le hundía el piso.
En realidad era el Pingo, que había esperado con infinita paciencia ese momento para mover la rama donde el verde reptil se daba su banquetazo. Ni las patas metió.
De no haber sido porque los que estábamos presentes acudimos en defensa de la iguana, el Pingo habría cumplido con creces su papel de perro guardián. Hasta reprochó la intromisión, porque esa defensa se contradecía -afirmaba- con las órdenes recibidas.
El caso es que la iguana casi muere, primero entre los colmillos del perro y luego de un infarto, porque la verdad la vio cerca.
Quiero creer que nuestras autoridades leyeron también a Sun Tzu y están en la etapa de fingir debilidad ante el enemigo.
El problema es que no leyeron todo el libro y no saben cuando deben pasar a la otra etapa de la estrategia.
Quizá Oscar Sergio, en lugar de escribir libros, debería de ponerse a leer.