Mi compañera Nora Celia Domínguez nos ofrece hoy una nota terrible, que no merece pasar desapercibida:
Dice la información que en la comunidad indígena de Coatetelco se tienen detectados a 500 vecinos que padecen diabetes, de los cuales 300 ya tienen insuficiencia renal.
Lo anterior significa que su calidad de vida es pésima y además muy costosa, para sus familias y para alas autoridades de salud, ya que lo único que los puede devolver a la normalidad es un trasplante de riñón, cuyo costo es superior a los 200 mil pesos.
Los malos hábitos alimenticios se cobran una pesada factura. Imagine usted el índice de mortalidad de ese lugar.
Aparte, en lo social Coatetelco está igual de enfermo, al grado de que allí si impera un ilegal toque de queda decretado por la autoridad municipal que impide realizar fiestas después de las ocho o nueve de la noche, en un intento por frenar la ola crónica de crímenes violetos que tan mala fama han dado a la comunidad.
Pero ese escenario casi dantesco no apareció de repente. Se forjó poco a poco, a lo largo de los años, ante la indiferencia de las autoridades y de los mismos afectados.
¿Tenemos que llegar a esos niveles para tomar medidas drásticas? ¿No es posible que alguien decida prevenir, pero con acciones efectivas?
Parece que no.
Quienes deben hacer algo prefieren quejarse de que los critiquen, como Oscar Sergio Hernández Benítez, molesto porque los políticos hablan de la inseguridad, a pesar de que él permitió que el viernes por la noche existiera en la entidad un visible y apabullante vacío de poder.
Mejor que se ponga a trabajar, que -como dije ayer- muy caro nos sale mantener a ese señor, ya que -a pesar de los malos resultados- no cobra tan barato.