“Entonces, desde la otra orilla, se vio al verdugo alzar lentamente sus dos brazos; un rayo de luna se reflejó sobre la hoja de su larga espada; los dos brazos cayeron y se oyó el sonido de la cimitarra y el golpe de la víctima. Luego, una masa truncada se abatió bajo el golpe” – A. Dumas.