Orígenes del narcotráfico

* Abundante información.

Aprovechando la coyuntura ofrecida por los desatinos en la “lucha” contra el “narcotráfico” emprendida por el gobierno federal a principios de 2007, hay quienes se sienten dueños de la verdad absoluta al analizar todo lo acontecido, ignorando -en el reiterado protagonismo- los antecedentes de tan grave problemática que nos remonta, no a los albores del gobierno calderonista, sino a muchas décadas atrás.

Lo anterior no busca avalar un ápice la equivocada estrategia del régimen, cuestionada ya a nivel internacional (lo volvió a hacer anteayer Janet Napolitano, secretaria de Seguridad Nacional de los Estados Unidos).

Sin soslayar la trascendencia que pudiera tener el libro “Los señores del narco”, presentado ayer por su autora Anabel Hernández en las instalaciones del Palacio Legislativo de Morelos (también escribió “Los cómplices del presidente”, editado por Grijalbo hace tres años), es importante rescatar lo anteriormente escrito por otros valerosos periodistas mexicanos, entre quienes destacan Jorge Fernández Menéndez (“El Otro Poder”, de Editorial Aguilar, 2001); Diego Enrique Osorno (“El Cártel de Sinaloa”, Editorial Grijalbo, 2009), y José Reveles (“El Cártel Incómodo: el fin de los Beltrán Leyva y la hegemonía del ‘Chapo’ Guzmán”, Editorial Grijalbo 2010).

Cualquier investigación periodística, desde luego, podría enriquecer el debate alrededor de una política de seguridad pública y nacional a todas luces infructuosa (el crimen organizado y la delincuencia común siguen arraigados o avanzando en infinidad de regiones mexicanas, incluida nuestra entidad federativa). Pero en honor a la verdad, el pasado de las bandas criminales de México sigue siendo el mismo, y nos remonta, desde el bandolerismo previo y posterior a la lucha de independencia, hasta las pandillas asociadas a caudillos revolucionarios.

Y ni qué decir de los orígenes del opio en Sinaloa, reseñados por Osorno en “El Cártel de Sinaloa”. A continuación transcribiré una porción del libro, donde alude a Luis Astorga, otro experto en temas de seguridad nacional, autor del libro “Seguridad, traficantes y militares” (Tusquets Editores, 2007), que es una aguda crítica a la militarización de Estados Unidos en México. Dice Osorno sobre Astorga: “En Sinaloa nació Luis Astorga, un investigador mexicano que se ha dedicado como pocos a analizar el tema de las drogas y el comportamiento de los narcotraficantes a lo largo de la historia y durante la época actual”. Añade: “Sus descubrimientos en torno al origen del narcotráfico son considerados como los más fiables por parte de otros estudiosos sobre el tema. De acuerdo con estas indagaciones, existen datos de que en 1886 ya se contaba la adormidera blanca entre la flora de Sinaloa, así como el cáñamo indio o la mariguana, plantas que eran clasificadas como textiles y oleaginosas”. En opinión de Astorga, a principios del siglo pasado, cuando se hablaba de fumadores de opio se les relacionaba invariablemente con minorías chinas.

El lacerante problema del crimen organizado (en sus principales vertientes, comenzando con el narcotráfico) no empezó junto con las administraciones de Felipe Calderón Hinojosa y Marco Adame Castillo. Sería aberrante responsabilizarlos sobre todo lo que sucede hoy en día. El asunto me transfiere a 1974, cuando comencé mi carrera periodística, aunque la problemática ya existía y provenía desde tiempos inmemorables. Tengo en mi poder otro excelente libro que se titula “Los estupefacientes y el Estado Mexicano”, de Luis Rodríguez Manzanera, editado en 1974, cuyo prólogo decía lo siguiente: “El problema del tráfico, uso y abuso de estupefacientes se hace cada vez mayor, y ha invadido campos que, hasta hace unos años, no hubiéramos soñado que pudiera invadir”. El material usado se extrajo de las Memorias de la Procuraduría General de la República, de 1934 a 1973. Desconozco dónde laboraba o a qué se dedicaba Luis Rodríguez Manzanera en 1974, pero actualmente es director general de la Academia Nacional de Seguridad Pública. Se trata de uno de los principales criminólogos mexicanos, heredero de la vieja estirpe de don Alfonso Quiroz Cuarón.

Muchos gobernantes llegaron y luego se fueron, pero el crimen organizado continuó en ascenso hasta constituir hoy, no sólo una impresionante fuerza capaz de desafiar al Estado Mexicano (su ancestral socio), sino de encabezar lo que se denomina la “economía criminal” tendiente a mover varias regiones. Y me parece que en el fondo de la obra presentada por Anabel Hernández subyace la problemática descrita por igual en otras obras, incluidas las ya citadas. Es loable, insisto, cualquier investigación al respecto. Pero creo que lo más importante ahora es conseguir la recomposición del tejido social y la recuperación económica, lo cual nos llevará muchos años frente a un escenario nacional caracterizado por la feroz disputa de los recursos, cada día más exiguos. A ver.

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