Mientras Gabriel Rivas y un grupo de ciudadanos –la mayoría personas de la tercera edad– reclamaban a los legisladores frente a la entrada principal del Congreso, la aprobación de la Ley de Ingresos municipales, “sin siquiera haberla leído”, y amenazaban con negar el voto a los legisladores que pretendieron buscar un cargo público o de elección popular durante el próximo proceso electoral, un taxi sin placas se estacionó frente a las escalera del recinto legislativo.
Del vehículo bajó una mujer de pelo teñido de rubio y el conductor bajó del coche bolsas de plástico dentro de las cuales había de frijol, papel sanitario y otros artículos, y las puso en la banqueta.
–¡No sean pendejos, compañeros: que estos rateros no los compren con despensitas porque luego se cobran caro y nos tienen como ahora nos tienen. No se dejen engañar! –, gritaba una mujer con un micrófono a escasos metros.
Personal del Congreso bajó a atener a la rubia de zapatos de tacón, falda negra y bléiser blanco. Los hombres subieron las bolsas por las escaleras y se metieron al local, mientras la mujer pagaba el taxi y cuidaba el resto de las bolsas.
El taxi se retiró del lugar.
Una anciana vestida de azul se acercó a donde estaba la rubia y quiso coger una de las bolsas que aún estaban en el suelo. La mujer rubia le dijo que no se la podía llevar. La anciana se retiró frustrada.
Dos hombres ayudaron a la rubia con más bolsas. Ella cogió las que quedaban y subió. Sobre la calle Matamoros, los inconformes insultaban a los representantes populares y amenazaban con seguir manifestándose frente a ellos y realizando campañas en contra de diputados que no habían cumplido sus promesas de campaña.