«Nosotros éramos unos chamacos y encontrábamos siempre un lugar en el piso entre los adultos».
La manera de disfrutar el futbol fuera del estadio ha cambiado mucho. Hace más de cincuenta años este deporte se disfrutaba en la casa, viéndolo en el televisor, un aparato que sorprendería a las nuevas generaciones que hoy todo lo escuchan y lo ven en los celulares.
Los primeros televisores tenían pantallas (cinescopios) de 12, 17, 19 y 21 pulgadas. Un modelo de 23 pulgadas hace sesenta años ya se consideraba "pantalla grande", para gente rica o negocios prósperos.
Estos aparatos tenían patitas de madera y casquillos de metal para que pudieran ser acomodados en el piso, en un lugar estratégico de la sala para que todos pudieran verlo. Sólo contaban con dos perillas, la de encendido y volumen y la de los canales; eran mecánicas, nadie imaginaba en ese entonces el control remoto o el Wi-Fi.
Aunque fue inventada a mediados de los años veinte, la televisión a color se dio a conocer a principios de los cuarenta. Guillermo González Camarena fue su creador, pero la primera transmisión oficial a color en México se realizó el 21 de enero de 1963 en el Canal 5, con el programa Paraíso infantil.
Había en ese entonces dos deportes muy populares que la gente veía por estos aparatos: el futbol y el box.
Los partidos de futbol comenzaban los domingos a las 12 del día. En la sala o en el patio de la casa congregaban a muchos amigos y familiares.
Cuando era temporada de semifinales había más aficionados, y en el juego de ida y en el de regreso de los equipos que se disputarían el campeonato todo el barrio se daba cita en la casa de algún amigo que tuviera tele. Aquello era una fiesta para quienes le iban al ganador y una desgracia para los que perdían.
Al centro, el cinescopio atraía todas las miradas.
Nosotros éramos unos chamacos y encontrábamos siempre un lugar en el piso entre los adultos.
Nos emocionábamos como ellos. Celebrábamos los goles, maldecíamos los errores y llorábamos las derrotas, eso lo aprendimos de los hermanos, de los tíos y de los amigos en las calles de tierra donde casi la totalidad jugábamos futbol.
Los adultos nos permitían estar con ellos porque les servíamos de mandaderos: nos ordenaban destapar cervezas, nos pedían botanas o que limpiáramos el lugar donde por descuido se había regado ese líquido amargo que olía a orines de caballo.
Desde luego, algunas veces ya con los tragos subidos a la cabeza, los adultos armaban discusiones: pocas terminaban en pleito de perros, había una gran amistad.
Los partidos eran narrados por Ángel Fernández Rugama, "El hombre gol", el mejor locutor de esos años en la televisión mexicana, que narró los Juegos Olímpicos de 1968 y el Mundial de 1970 en Telesistema Mexicano (Televisa).
El “Gritón” era famoso por su ímpetu y sus frases. Sus narraciones comenzaban con: "¡A todos los que quieren y a todos los que aman el fútbol!" y decía que el fut era "El juego del hombre".
Había en ese entonces varios equipos exitosos: el América, las Chivas y el Cruz Azul; el Atlante y los Pumas eran los que le seguían en popularidad.
En los registros de las ligas de futbol para aficionados, los nombres de estos equipos eran muy solicitados y, desde luego, los apodos de los jugadores de primera división profesional eran ensartados a los participantes de futbol llanero, por su parecido físico o porque tenían el estilo o alguna característica: El Borja, Nacho Calderón, El “Kalimán" Guzmán y el Reinoso, “El Pata bendita”, “Pelé”, “El Gato”, entre muchos. Ganarse un buen apodo era algo a lo que todos aspirábamos.
La televisión seguía siendo el centro de la diversión para la familia. Las amas de casa veían telenovelas (comedias) y programas cómicos, había también programación para niños.
Cuando el aparato no estaba prendido, señoreaba en la sala entre los sillones y la mesa de centro.
Algunas mujeres les tejían mantelitos y todos teníamos prohibido jugar cerca del televisor o poner cosas como floreros y líquidos sobre la tele.
Pero no en todas las casas había televisión a color. Por años, mucha gente sólo podía comprar televisores en blanco y negro, y para verla “a color”, en el mercado o en algunas tiendas se podían comprar vidrios adaptables a la pantalla, forrados con celofán de varios colores, con lo que daba la impresión de tener en casa tecnología de punta.
En los barrios pobres eran contadas las familias que tenían tele en blanco y negro, y algunas cobraban para ver programas favoritos como Tarzán, el rey de los monos, o el Llanero Solitario.
Los sábados por la noche eran de box por el canal 2 de Televisa, narradas por Antonio Andere y Jorge "Sony" Alarcón.
Mi padre rentaba una televisión los sábados por la noche. Invitaba a tres o cuatro amigos para ver las peleas de box.
Poníamos el aparato arrinconado en una pared de la sala de la casa y nuestros invitados se sentaban frente a él, en sillas rectas y una mesita con caguamas, botanas y cigarros.
Yo podía estar entre los señores, porque tenía el don de servir la cerveza en sus vasos sin derramar la espuma, técnica que me enseñó mi papá y que yo practicaba con los invitados que la veían como una habilidad particular.
El chiste era pegar la boca de la caguama en la orilla interna del vaso, que debería estar un poco inclinado y verter el líquido. Eso posibilitaba que el líquido no cayera haciendo espuma, sino que se deslizaba por la superficie.
Mi padre gritaba: “jap, jap, gancho. Está recuperando fuerzas, es un fajador; la distancia corta es la suya, el gancho”.
Recuerdo particularmente una pelea que mi papá y sus amigos disfrutaron mucho: José Ángel "Mantequilla" Nápoles y su grito “¡Mío, mío, mío!”, que se escuchó sobre el ring del Forum de Inglewood, en Los Ángeles, California, Estados Unidos.
El 4 de junio de 1971, después de esperar cinco años, el “Mantecas” había recuperado el título welter contra Billy Backus, a quien venció por nocaut técnico en el octavo asalto, tras una segunda caída del estadounidense en la lona.
Como los adultos, en los años setenta, yo era parte del grupito que se emocionaba con las peleas y los partidos de futbol frente a la televisión en blanco y negro. Pero yo también veía a ese grupo desde arriba, desde el espacio, en el barrio, y más allá, cerca de las nubes, en la ciudad, y todavía más, donde la gravedad se acaba, como un punto de luz en la Tierra.
