Hace 40 años, en el Museo de Antropología presencié, muy animados, a un grupo de pequeños escolares sentados frente a la reconstrucción del tempo de Quetzalcóatl. Morenitos, con ojos negros como capulines y pelo lacio, hacían un gran bullicio frente a algo sorprendente. Era sábado y el lunes volví a mis clases de la Universidad Autónoma Metropolitana en Iztapalapa, donde los jóvenes se parecían a los niños del sábado, pero su mirada estaba perdida, casi sin vida interna y con muy escasa curiosidad. Alguien les...