México arrastra desde hace décadas un problema educativo que pocas veces se discute con la seriedad suficiente: cada vez hay más discursos sobre educación y menos señales reales de mejora. La conversación pública suele concentrarse en reformas, programas, nuevos modelos pedagógicos o cambios administrativos, pero en el aula las cosas siguen moviéndose con otra lógica: una educación más lenta, más desigual, más débil y frágil.
Veamos algunos datos. De acuerdo con la prueba PISA 2022, México se mantuvo por debajo del promedio de los países de la OCDE en lectura, matemáticas y ciencias. En matemáticas, por ejemplo, siete de cada diez estudiantes mexicanos no alcanzaron competencias básicas para resolver problemas cotidianos. Después de la pandemia, además, el rezago educativo se profundizó, ya que millones de estudiantes regresaron a clases con dificultades de comprensión lectora, problemas de aprendizaje acumulados y brechas que todavía no terminan de cerrarse.
En ese contexto, la discusión reciente sobre modificar el calendario escolar no pasó desapercibida: acortar el calendario en tiempos donde la educación en vez de avanzar, retrocede.
Primero fue el argumento de las altas temperaturas. Luego apareció el tema del Mundial de 2026 y los ajustes operativos que podría implicar. Más tarde vinieron las reacciones, las críticas y finalmente las aclaraciones desde Presidencia: no era una decisión tomada, apenas una propuesta en análisis. Mario Delgado terminó matizando el tema y anunció nueva reunión para revisar posibilidades. Pensaron que esta medida “populista” sería bien recibida por el pueblo bueno y sabio; no obstante, no fue así.
Este tema implica más allá de solo adelantar vacaciones, porque el debate no gira únicamente alrededor de unos días más o menos de clases. El problema es la facilidad con la que el sistema educativo comienza a aceptar la reducción de exigencia como salida práctica frente a problemas estructurales que nunca terminan de resolverse.
El calor existe, por supuesto. Basta entrar a muchas escuelas públicas del país para entenderlo. Salones sin ventilación adecuada, techos que convierten las aulas en espacios sofocantes, infraestructura deteriorada, falta de agua y un largo etcétera. Ahí está el verdadero problema, pero en lugar de discutir seriamente cómo mejorar las condiciones materiales de las escuelas, la solución parece inclinarse hacia recortar o flexibilizar tiempos escolares.
Y eso inevitablemente abre más cuestionamientos porque México no atraviesa precisamente un momento de fortaleza educativa a pesar de la famosa NEM (Nueva Escuela Mexicana). La comprensión lectora disminuyó después de la pandemia, los niveles de aprendizaje muestran rezagos importantes y la escuela pública sigue cargando desigualdades enormes dependiendo de la región. Hay estudiantes que aprenden en aulas climatizadas y otros que toman clases prácticamente entre láminas calientes, y maestros que solo piensan en más puentes y festejos.
En teoría, un escenario así exigiría más inversión, más planeación y quizá hasta mayor exigencia académica, pero el mensaje que empieza a construirse parece ir en sentido contrario: ajustar el sistema para que funcione dentro de sus propias limitaciones.
No debemos perder de vista que la educación termina revelando la visión que un país tiene sobre sí mismo. Hay gobiernos que la entienden como motor de desarrollo y otros que la administran más desde la lógica de contención social. Y en México comienza a sentirse una tendencia incómoda: se habla mucho de bienestar inmediato, pero poco de productividad, innovación o formación de capacidades a largo plazo. No vemos una profunda transformación como la quieren vender en el discurso.
Ahora bien, los programas sociales forman parte de esa discusión. Nadie podría negar que millones de personas necesitan apoyo estatal en un país marcado por la desigualdad. El panorama era el siguiente antes de la llegada de Morena al poder, y en eso coincidimos: México estaba dentro de las trece economías más fuertes, pero la distribución de la riqueza era injusta. Llega López Obrador al poder y se empiezan a implementar acciones políticas encaminadas a “primero los pobres”, posteriormente se habló del segundo piso de la 4T con Sheinbaum; sin embargo, el problema aparece cuando el debate público se concentra casi exclusivamente en la transferencia económica y deja en segundo plano la construcción de condiciones que permitan movilidad real: educación de calidad, desarrollo científico, infraestructura, empleo estable y mayores oportunidades para crecer: movilidad social.
Ahí es donde la escuela debería ocupar un lugar central. Sin embargo, el sistema educativo mexicano parece avanzar cada vez más hacia una lógica de simulación administrativa. Se habla de transformación mientras los resultados siguen siendo limitados. Se eliminan mecanismos de evaluación, se flexibilizan criterios y se evita discutir algo elemental: aprender exige tiempo, disciplina y continuidad. Y eso inevitablemente choca con ciertas decisiones recientes, porque mientras países con mejores sistemas educativos amplían jornadas, fortalecen contenidos y buscan recuperar aprendizajes perdidos tras la pandemia, en México la directriz gira alrededor de reducir calendarios, ampliar descansos o adaptar el ciclo escolar a coyunturas externas.
Y el Mundial aparece ya en la ecuación educativa. Un país con rezagos severos en lectura y matemáticas discutiendo ajustes escolares por un evento deportivo global, ¡por favor! No porque el futbol sea irrelevante, sería absurdo decirlo en un país profundamente futbolero, sino porque el contraste exhibe prioridades.
Y en medio de todo eso, la figura del docente también queda atrapada entre dos extremos. Por un lado, maestros saturados de carga administrativa, plataformas, formatos y exigencias burocráticas; por otro, un sistema que parece renunciar lentamente a la exigencia académica de fondo. La discusión termina reducida a calendarios, puentes y vacaciones, cuando el problema real está mucho más abajo.
México necesita discutir seriamente qué tipo de educación quiere construir.
La educación no debería funcionar únicamente como mecanismo de asistencia social ni como herramienta de estabilidad política. Su función tendría que ser otra, la de formar personas capaces de pensar, competir, innovar y transformar su entorno. Una sociedad difícilmente se vuelve más crítica o más productiva si su sistema educativo pierde solidez. Y ahí aparece una contradicción incómoda para el gobierno: hablar de transformación implica necesariamente hablar de resultados, no solo de narrativa, y mucho menos de popularidad. La educación es uno de esos terrenos donde el tiempo termina exhibiendo todo: lo que se hizo y lo que se dejó de hacer. Por eso el debate sobre el calendario escolar está generando más ruido del esperado, pues los problemas de fondo siguen intactos: rezago educativo, desigualdad escolar, infraestructura insuficiente, bajos niveles de aprendizaje y una generación que después de la pandemia todavía intenta recuperar parte del tiempo perdido.
Y quizá ahí está lo verdaderamente preocupante, que en un país donde la educación debería convertirse en prioridad nacional, la discusión termine girando alrededor de cómo reducir el tiempo en las aulas sin resolver porqué aprender sigue siendo tan difícil para millones de estudiantes mexicanos. ¿O acaso todo esto es un distractor por el tema de Rocha Moya? En política, esto es muy factible.
Detengámonos en el contexto político en el que surge el debate. Mientras Sinaloa continúa atravesando uno de sus momentos más delicados en materia de seguridad y la figura de Rubén Rocha Moya sigue acumulando cuestionamientos, la conversación pública comenzó a desplazarse repentinamente hacia el calendario escolar, el Mundial y las vacaciones. No deja de llamar la atención la velocidad con la que ciertos temas logran instalarse en la agenda nacional justo cuando otros empiezan a volverse incómodos para el gobierno.
No necesariamente se trata de conspiraciones elaboradas, pero sí de una dinámica política bastante conocida: mover la discusión pública hacia asuntos capaces de absorber atención mediática y polarización social. El debate educativo terminó convirtiéndose en tendencia nacional mientras temas como la inseguridad, la violencia en Sinaloa o el desgaste político de algunos perfiles cercanos a la llamada Cuarta Transformación comenzaban a generar demasiada presión. Y en tiempos donde la conversación dura apenas unos días antes de ser reemplazada por otra, redirigir el foco también se vuelve una forma de administrar el desgaste político, y Morena sabe muy bien cómo manejar la agenda informativa.
Facebook: Juan Carlos Jaimes
Ig: @carlosjaimes15