Durante varios días y por razones estratégicas Pingo -ese perro que se siente el amo en la casa de ustedes- no había metido las narices en esta columna. Lo que pasa es que en realidad el dichoso animal -le digo así ahorita que no ve- fue hace unos días a que lo pusieran bonito -más bonito, dice él- pero el caso es que a su peluquera se le pasó la mano y lo dejó como xoloitzcuintle, el perro típicamente mexicano que no tiene ni un rastro de pelo.