La noche anterior a la visita de la muerte, Ángel Estrella sintió pena por sus ochenta y nueve años de vida, insuficientes para seguir atesorando riquezas en los baúles raídos de su mente atormentada, y en los de madera oscura, guardados en el sótano de la casa. Las lágrimas que rodaban por los abundantes surcos de sus mejillas eran, la mitad, por miedo a lo que vendría después de cerrar los ojos a la luz; las otras, por la angustia que experimentó ante la imposibilidad de llevarse los arcones repletos...