Los vieron venir con su machete en mano, los rostros pétreos y ennegrecidos, un asomo de furia contenida en sus miradas y pisando firme el suelo seco. Parecían una masa compacta que no dejaba escapar el aire entre sus cuerpos, una máquina humana de muchos brazos y filos que detuvo su engranaje, y dijo: “Basta”. Atrás de ellos seguía en pie la caña quemada, viva en su negrura y aún asida a la tierra, porque ellos no quisieron ya cortarla hasta que el inspector y su gente llegaran a escucharlos. Los ingenieros...