Verlo así, dormido en posición fetal sobre la sábana blanca, con su cara de niño travieso en receso, te hace dudar unos instantes. Se te ocurre acariciarlo por última vez, plantarle un beso en su barba incipiente. Resistes la tentación, pues la guerra recién inicia y no quieres perderla. Preparas ágil una maleta mediana: algunas mudas de ropa, los cosméticos de base, la novela en turno y un libro de poesía, el spray de gas pimienta, unos cuantos cubrebocas y gel antibacterial. Ni una sola foto impresa, ningú...