I Deja que te lo cuente, mi niño. Tu abuelo una vez me encerró a piedra y lodo en la casa. Era bien celoso y me salió con el cuento de que yo le hacía ojitos a Severo, su primo. ¿Cómo iba a ser eso?, si no tenía tiempo ni para verme en el espejo por atender a tantos chamacos. Entre las faenas de la casa y lavar pañales se me iba el día. Pero Pedro era así, pues, terco como burro. Aunque nunca me pegó ¿eh? Nomás gritaba y daba manotazos, porque sabía que si se atrevía a hacerlo era capaz de partirle en dos el...