Era lunes. Respiré profundo porque en cualquier momento llegarían. Ahí estaban ya. Escuché el inconfundible ronroneo de la camioneta de mi esposa, quien había ido por la tía Flore. Vi el caminar cansino de la anciana, los dos bastones que la sostenían, su mirada astuta que sabía camuflarse y convertirse en otra cosa: en brillo victimario, autocompasivo. La escuché entrar en la casa soltando una de sus tantas cantaletas que repetía hasta la saciedad y que me generaban comezón ansiosa en los brazos, tumbos...